Era bacán cuando con mis amigos sentíamos que nos sobraba el tiempo, que la vida era infinita y nos permitía disfrutarla con calma o con locura.
Digo era, del verbo ya no, porque desde un tiempo hasta ahora, las cosas cambiaron, no nos dimos cuentas cuando nos volvimos “maduros” a la fuerza, cuando nos volvimos “grandes”, pensando en el futuro, en la independencia, en las incertidumbres de ser adulto, así, perdimos de vista, lo transversal que puede ser la vida.
Digo esto, básicamente, porque releía y analizaba lo estúpidamente felices que eramos, creyendo en proyectos sencillos, que nos llenaban a un modo visceral, las entrañas de la mente, soñabamos con ser grandes pensadores, libres pensadores, y eso nos bastaba. Pensar, pensar, pensar y seguir pensando, debatir y defender ideas. Ahí, aprendí algo importante, el pensar en libertad es complicado, y el creer que las nuevas juventudes son el cambio, es un error, pero eso, es un tema del que hablaré otro día.
En resumen, era interesante pensar como vivíamos para soñar, y ahora de apoco, soñamos para vivir.
Cada día se hace más lejano esos largos cafés que compartía con mi mejor amigo, en que se hablaba de todo, desde Kant, Nietzsche, pasando por arte, música, cine e incluso, la inmortalidad del cangrejo, la vida era tan simple y amena con nosotros y nuestras ilusiones, que ahora es nostálgico pensar en lo que perdimos o mejor dicho, eso que dejamos en stand-by